Mili – Campo Soto01

Hace bastantes años me dio por escribir los recuerdos del paso por la mili, desde el campamento en Campo Soto hasta la noche del licenciamiento en el RAMIX 32. Voy a subirlo al grupo por capítulos aportando algunas postales de los años 70 y fotos de las que todos tenemos como recuerdo de aquellos años cuando éramos tan jóvenes.

Primer capítulo. Campo Soto.

A finales de febrero de 1979 me llevé la primera sorpresa nada más incorporarme a la vida castrense. El ferrocarril que nos trasladaría desde Cáceres hasta San Fernando (Cádiz), donde se encontraba el famoso campamento militar de Campo Soto, debería haber elegido el trayecto más corto a través de Mérida con dirección a Sevilla y luego a Cádiz, pero resultó que no, que el convoy tomó rumbo a Madrid y allí dio marcha atrás con destino a la provincia gaditana. En total veinticuatro horas de interminable viaje alojado en un compartimiento repleto de quintos borrachos que no paraban de entonar sevillanas al son de las palmas y de una desafinada guitarra. ¡Qué noche la de aquel día!

Por increíble que parezca aún había muchos jóvenes que apenas habían salido de su pueblo hasta que no eran llamados a filas para hacerse unos hombres, como entonces se decía. Algunos mozos inocentes pasaron directamente de una aldea remota, sin teléfono público ni agua corriente, a un bullicioso recinto militar.

Campo Soto no resultó ser el terrible matadero de reclutas que los más pesimistas auguraban, ni mucho menos. Desde luego no era un hotel de cinco estrellas pero la comida era más que aceptable y no escaseaba. Enseguida me llamó la atención el contraste que había entre el exquisito cuidado que dispensaban a las zonas ajardinadas, decoradas con infinitas piedras primorosamente blanqueadas con cal, y el abandono que padecían los barracones saturados de reclutas repartidos en literas. En su interior apenas contaban con un par de urinarios y los techos de Uralita eran los encargados de mantener refrigerada a la futura tropa durante las gélidas noches invernales.

En Campo Soto consiguieron ponernos en un excelente estado físico en tiempo record. Creo que era capitán o comandante el encargado de hacernos correr campo a través todas las tardes. Su estado de forma era tal que pese a los muchos años que nos llevaba nadie consiguió agotarlo. Peor que las carreras fue la temida pista americana, un conjunto de obstáculos ideales para fracturarte un brazo o provocarte un esguince de tobillo, en especial el famoso “gallinero”, compuesto por varios palos instalados en horizontal, a diferente altura y distancia, que sólo se conseguía superar si lo hacías con determinación y a la carrera. Bastaba el menor titubeo para caer en picado sobre el duro terreno.

Lo más característico de Campo Soto eran las prisas. Porque allí había prisas para todo. Para levantarnos, para ducharnos, para hacer la instrucción, para comer (un maldito toque de corneta dejaba sin postre a los más lentos), para mear, para acostarnos… Y así un día tras otro.

Parece que la estoy viendo, mi imagen reflejada de paso, a toda prisa, en un espejo de los servicios. Desconcertado, reculé para volver a mirarme porque no reconocía aquel sujeto rapado, vestido de caqui y con la chapa con un número colgando del cuello. No era yo. Sólo era un recluta más, idéntico al resto de mis compañeros.

Y ya que menciono el pelo rapado no puedo omitir el enfrentamiento que tuve con otro quinto. Resulta que entablé amistad con un chaval de Valladolid que desesperado un sábado por la tarde, después de haber sido rechazado en el Cuerpo de Guardia por la ¿excesiva? longitud del cabello, me rogó, suplicó -casi de rodillas-, que le hiciese un corte de pelo porque tenía necesidad imperiosa de esparcirse unas cuantas horas en San Fernando. No fue porque no le advertí que en mi puñetera vida sólo había cogido la tijera para cortar cartulinas pero él quería que lo pelara a toda costa. Ante semejante disyuntiva no me quedó otra opción que empuñar las dichosas tijeras, encomendarme a los Todos Santos del cielo y comenzar la faena. Un trasquilón aquí, otro allá, un poquito en el otro lado para igualar ¡Menuda chapuza de corte de pelo que le hice al desdichado! Finalizado el servicio rogué porque no hubiera un espejo en diez leguas a la redonda y mi deseo se hizo realidad: el recién pelado ni se percató del estropicio obsesionado por salir a la calle. En el control realizado en el Cuerpo de Guardia lo volvieron a rechazar, no por tener el pelo excesivamente largo sino por la escalera que lucía en el cogote. Sin tener en cuenta que la pela, buena o mala, a los diez días iguala, el de Valladolid no volvió a saludarme el resto de su vida.

Francisco Gragera Díaz

Mis comentarios:

Desde Valencia creo q el 78/8 tardamos más de un día en llegar a Campo Soto (creo que era hacia finales de noviembre. Recuerdo de Campo Soto los bocatas de chorizo de la cantina, el paté casero de un compañero Funes (Navarra) y el pescaito frito de Cadiz el día de la Inmaculada!!! De los ejercicios me recuerdo con los otros reclutas haciendo flexiones en círculo y en medio de este una pareja de boxers macho y hembra copulando. Creo que eran los perros del capitán. Estos mismos protagonizaron la otra anécdota que me viene a la cabeza, andábamos haciendo instrucción, desde un lado el sargento iba dándonos voces, había una intensa niebla y apenas veías al de delante de ti sentimos pasar a la carera a la hembra y detrás el macho, oímos un fuerte golpe, dejamos de oir al sargento seguimos… Más tarde nos dijeron que los perros habían derribado al sargento accidentalmente y le habían fracturado algo. No volvimos a ver al sargento.

Recuerdo también nada más llegar que si teníamos droga, o cualquier cosa censurable nos deshiciésemos de ella. Me recuerdo tirando los condones por el retrete por si… También recuerdo que nos dijeron que no valía la pena alistarse a la legión pues los reemplazos pares no iban a Regulares. 😉

Otro día más Camposoto. Gracias Francisco Gragera Díazra por tus crónicas!!!👍👏👏